Recopilación de algunos autores sobre vida y obra

Este año se conmemora el 56 aniversario de la muerte del comandante guerrillero Guadalupe Salcedo, nacido en el seno de una familia típicamente campesina en 1924 en Tame, Arauca. Se convirtió en comandante supremo del frente de guerra llanero surgido como consecuencia de la violencia desatada por el Estado, que en el régimen de Laureano Gómez ejerció toda forma de terrorismo contra la población civil, especialmente contra el pueblo gaitanista. Después del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, sus seguidores sufrieron la persecución desatada por la confrontación civil azuzada por liberales, conservadores y la iglesia católica mediante masacres a toda persona simpatizante de ideología comunista o de izquierda liberal.

Hacia 1945 comenzó a perfilarse la estrategia belicista de la oligarquía colombiana. Al amparo de la doctrina Truman comenzó a aplicarse un plan de exterminio y terrorismo en los campos y ciudades para impedir el triunfo electoral de Jorge Eliécer Gaitán, desmovilizar a las masas campesinas, anular la capacidad de resistencia del pueblo y recuperar el control de la tierra para el gran latifundio. En 1946 comenzaron los asesinatos por parte de la policía Chulavita, un grupo armado paramilitar fundado en la vereda Chulavita del municipio de Boavita, Boyacá, encargadas de quitarle la cédula de identidad a cada campesino liberal, por la razón o la fuerza. Como la cédula era un documento indispensable para votar, se trataba de impedir la votación del campesinado gaitanista.

El Estado colombiano cometió todas las atrocidades de la oligarquía: mutilaciones, decapitaciones masivas, descuartizamientos. Las masacres de niños se repetían a diario. Había que exterminar al “enemigo” en la cuna. Las  masacres eran cometidas por militares, policías y por bandas paramilitares conservadoras y liberales arengadas desde el púlpito por el anti comunismo clerical. El país quedó a merced del terrorismo del Estado.  En 1946, Guadalupe Salcedo, como dirigente campesino, fundó una organización armada para proteger a la población civil de su región. Salcedo y sus combatientes mostraron una posibilidad de lucha armada en defensa del pueblo trabajador.

Bajo la brutalidad del ejército, de la policía y de sus grupos paramilitares conocidos como los “pájaros”, las torturas, detenciones ilegales, asesinatos selectivos y colectivos, quema de poblaciones, la oligarquía liberal conservadora empujó al pueblo a alzarse en armas para proteger sus derechos. Los grupos guerrilleros, armados con escopetas viejas, con propósito defensivo y capacidad de lucha, lograron articularse a la población civil tanto del campo como de las ciudades. Las guerrillas que levantaban su nombre y sus banderas pronto comenzaron a distanciarse de la manipulación de la oligarquía que las había organizado para defensa de sus intereses mezquinos, disputados entre conservadores y liberales, y comenzaron a hacer la guerra en el interés del pueblo.

En ese entonces se unieron los grandes oligarcas liberales y conservadores y decretaron que en el país no había conflicto armado, sino violencia generada por bandas de chusmeros y bandoleros. Pero lo que logró la oligarquía, unida en odio común contra la guerrilla, fue poner en vigencia las palabras de Jorge Eliecer Gaitán: “El pueblo no tiene dos partidos, sino que la oligarquía lo partió en dos para repartirse el destino de la patria”.

Fue entonces cuando el bipartidismo presionó al comandante en jefe del ejército – general Gustavo Rojas Pinilla -, para que fingiera un golpe de Estado. Rojas Pinilla, consciente de que por primera vez en la historia colombiana se estaban creando bases populares y un ejército del pueblo, rechazó la propuesta. Bajo amenaza de ser relevado de la institución, le obligaron deponer al presidente y asumir el mando con un plan de “reconciliación y pacificación nacional”: “la Patria por Encima de los Partidos”.

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Convencido de la imposibilidad de que la oligarquía venciera militarmente a la guerrilla, Guadalupe Salcedo convocó en Viotá – Cundinamarca – la Convención Nacional del Movimiento guerrillero para presentar una propuesta política alternativa ante la ausencia de un proyecto de país del cual carecía el bipartidismo. Allí se creó el territorio independiente de los llanos, organizado por ligas de sindicatos agrarios. Cuando la oligarquía percibió que detrás de esta organización caminaba la revolución, ambos partidos se reunieron con Rojas para pedirle la suspensión unilateral de los operativos de guerra y el ofrecimiento de paz y amnistía a las organizaciones guerrilleras.

A inicios de los años cincuenta, muchas de las personas pertenecientes a las agrupaciones que se desmovilizaron y entregaron sus armas durante la amnistía, decretada por el dictador Rojas, fueron posteriormente asesinadas durante el sueño y ametralladas por el ejército y los paramilitares. Otras desaparecieron o aparecieron flotando en los ríos. Muchas fuerzas se mantuvieron alertas, sin acogerse al plan de paz, salvando la vida y la de muchos campesinos. Esta historia debe analizarse hoy, cuando  los principios ideológicos han tomado otros rumbos y se utilizan unos métodos que confunden a la mayor parte de la población; ya que se utilizan métodos como:  secuestro, vacuna, extorsión y se utilizan todas las formas de lucha, a nombre de los cambios profundos.

Salcedo dirigió varias operaciones militares con éxito en la batalla, como la toma de Orocué, Casanare. Una mañana de 1952, en el sitio conocido como El Turpial, tendió una emboscada a la unidad de infantería integrada por 200 hombres del ejército, quien sufrió 96 bajas. Guadalupe es ejemplo de hombre y expresión genuina de guerrilla.

El 6 de junio de 1957 fue asesinado cobardemente en Bogotá durante un operativo conjunto entre la policía y el ejército. Mientras debatía una propuesta de inversión social para su región llanera, fue acribillado por las fuerzas del Estado. Sus funerales estuvieron acompañados por más de cinco mil personas que desfilaron hasta el Cementerio Central de Teusaquillo, exigiendo justicia para el comandante que tuvo bajo su mando una brigada de 5.000 guerrilleros.

Guadalupe Salcedo Unda, un joven campesino de los Llanos Orientales, hijo de un ganadero venezolano y una indígena de la región,  se levantó en armas contra la situación de oprobio que se vivía por los años cincuenta en Colombia.

 Acababa de ser asesinado Jorge Eliécer Gaitán y con el crimen se desató una ofensiva contra los liberales, especialmente en el campo, que  los obligó a defenderse formando las guerrillas liberales que alcanzaron enorme influencia en los Llanos.

 

 Con apenas 25 años, Guadalupe Salcedo  en 1949 se convirtió en el Capitán, -como lo llamaban-  de miles de llaneros que exigían el fin de la violencia en sus tierras.  Salcedo dirigió varias operaciones militares de gran alcance como la toma de Orucué, Casanare, en 1952.

 Con el llamado “golpe de opinión” del general Gustavo Rojas Pinilla en junio de 1953, que derrocara el régimen conservador de Laureano Gómez, se abrieron las puertas de un acuerdo de paz con las guerrillas liberales de los Llanos. El partido liberal y el sector conservador de Ospina Pérez, respaldaron el cuartelazo de Rojas.

 El 22 de julio del mismo año,  las guerrillas liberales pusieron fin a sus operaciones militares dejando atrás sus dos grandes Leyes que habían promulgado en una zona que ya se mantenía como liberada: adelantar actividades de planificación de la producción en las zonas donde actuaban los frentes guerrilleros y la constitución de un Estado independiente de facto en el Llano.

El 13 de junio de 1954, el mismo día que se inaugura la señal de televisión, Rojas  declara la amnistía para todos los delitos políticos cometidos antes del 1 de enero de 1954. Miles de guerrilleros liberales entregan sus fusiles tras la firma del acuerdo de paz.

 Guadalupe Salcedo, sin ver cumplidas las ofertas de paz y desarrollo para la región y sus gentes,  se refugia en su  finca Guariamena, en Orocué. Atrás quedaba su heroico cuatrenio de resistencia.

 Tres años más tarde y 26 días después de caída la dictadura del general Rojas, el 6 de junio de 1957 era asesinado en Bogotá el Capitán llanero.  Se encontraba reunido con unos amigos en una cantina ubicada en el sector industrial de la capital y en ese momento fueron rodeados por agentes de la policía en desarrollo de un operativo. Con él murió también otro ex combatiente de los Llanos, José Bruno Aldana. Fueron acribillados una vez salieron con las manos en alto.

 El 9 de junio tuvo lugar el sepelio  a la una y media de la tarde, tras una misa en la iglesia de Santa Ana, en Teusaquillo. La marcha de más de 5000 personas, desfiló hasta el Cementerio Central clamando  justicia batiendo pañuelos blancos.  Aun es la hora que no sabe nada de los autores intelectuales del  crimen de este legendario Capitán que tuvo bajo su mando a más de 5000 guerrilleros y un día de 1953, con 29 años,  firmó la paz.

 Como reza el corrido final de la obra ya clásica del teatro colombiano, Con respeto y con su venia/les pedimos su permiso/y aunque dejen esta sala/mediten bien lo que han visto/. Esta historia que contamos/los invita para que piensen/que los tiempos del pasado/ se parecen al presente.

Guadalupe Salcedo Unda, un campesino de Tame (Arauca) nacido en 1924 en el hogar del ganadero venezolano Antonio Salcedo y la orocueceña Tomasa Unda, se convierte en el comandante de las guerrillas liberales de 1949 a 1953, surgidas como consecuencia de la violencia desatada por la policía conservadora que, en el régimen de Laureano Gómez, ejerció toda forma de atropellos contra la población civil. Bajo la ‘neutralidad’ del ejército, la policía empujó al pueblo llanero a conformar comandos dedicados a proteger sus familias, sus bienes y su propia vida. Tales grupos, armados con escopetas viejas, tras emerger casi por generación espontánea, sin propósito ofensivo, sin ideología antisistema y sin pretensiones de actuar más allá de la cordillera, lograron una articulación y capacidad de lucha sorprendentes bajo la dirección de intelectuales como Eduardo Franco Isaza y José Alvear Restrepo.

Su escenario fue el Llano, inmenso espacio predominantemente rural, de ganaderías extensivas, sin instituciones estatales, carente de carreteras y de desarrollo agrícola relevante. Paradójicamente, con un tráfico aéreo notable y barato, cuando un barril de petróleo valía menos de un dólar. El Llano precapitalista se hallaba aislado de la Colombia andina, que, a trancazos, consolidaba su modernización capitalista.

La tradición liberal del Llano hizo creer a los guerrilleros que la Dirección Nacional Liberal, tras la muerte de Gaitán el 9 de Abril de 1948, los apoyaría con recursos económicos, orientaciones e, incluso, armas. No fue así, sin embargo. Los patriarcas liberales dejaron solas a las guerrillas que levantaban su nombre y sus banderas. Aquellas lucharon sin armas, dinero ni apoyo moral, contra la policía chulavita. Para la DNL, los guerrilleros eran simples chusmeros, algo así como vagabundos.

Guadalupe, el estratega militar, exponente del valor, hombre diestro en las labores del campo y promotor de la humanización de la guerra en medio de las muchas expresiones sanguinarias que acompañaron ‘la revolución’, propició el fin del conflicto. Al firmarse la paz en septiembre de 1953, se retiró a su finca ‘Guariamena’, en Orocué, no sin recibir críticas por haber apoyado la entrega del movimiento insurgente sin suficientes garantías de rehabilitación para el pueblo maltratado.

Guadalupe, cabeza de una acción popular defensiva que duró 46 meses, es ejemplo de hombre traicionado por el establecimiento y expresión genuina de una guerrilla que operó sin narcotráfico, terrorismo ni compromisos con el crimen organizado. Los decenios posteriores vieron degenerar el concepto de ‘guerrilla’, al mezclarse esta con barbarie, miopía política y fundamentalismo.

 El 6 de junio de 1957, fue muerto en Bogotá en confusos hechos. La policía lo requirió mientras departía con amigos en una cantina de la zona industrial, y le prometió que le respetaría la vida. Al salir con los brazos en alto, varios disparos a quemarropa acabaron con su vida y la de sus acompañantes. Murió el líder y nació la leyenda.

Los jóvenes de hoy ignoran que en aquellas tempestades de la historia los guerrilleros iban arropados de ideales libertarios y altruistas. Por eso no saben bien qué simbolizó ese campesino capaz de estimular y aplicar la Ley del Llano.

La fotografía del general Alfredo Duarte Blum entendiéndose con el jefe guerrillero Guadalupe Salcedo, puede ser una de las más reproducidas de la historia contemporánea de Colombia. El primero era uno de los oficiales de confianza de Gustavo Rojas Pinilla, quien hacía no mucho tiempo, había accedido a la Presidencia de la República. El segundo mantuvo en jaque a las fuerzas militares en la región de los Llanos Orientales, hasta el punto de que algunos oficiales manifestaban que preferían ir a pelear a Corea, escenario en el que se había comprometido Colombia por obra de los gobiernos conservadores. La razón de ser de esta rara preferencia nos la explicaba el coronel Arturo España, que había estado en las dos guerras: “Nos encontrábamos preparados para una confrontación de tipo convencional, pero no para hacer frente a emboscadas y otro tipo de acciones llevados a cabo por pequeños y ágiles grupos de hombres armados que conocían el terreno como la palma de su mano”.

Razones de la entrega 

El jefe rebelde, llevado al teatro en la obra Guadalupe Añoscincuenta, protagonizó acciones destacadas como la toma de Orocué y el asalto a la base aérea de Palanquero. Desmovilizado, fue asesinado (1957) durante el gobierno de la Junta Militar (1957-1958) que sucedió al régimen presidido por Rojas Pinilla (1953 a 1957). Incógnitas e hipótesis, como de costumbre, son las que hay acerca de ese asesinato.

El porqué Salcedo y otros subversivos se entregaron hay que hallarlo en las promesas que recibieron del gobierno; las amenazas de ser arrasados si seguían combatiendo; el bloqueo que afrontaban; la limitación de armas, drogas y vestuario en que se encontraban a mediados de 1953; la dificultad en coordinarse de los diferentes frentes; la situación de miseria que los golpeaba más y más; y el abandono al que llegaron por parte de los directorios políticos que antes estaban con ellos desde las urbes, según las versiones de algunos historiadores. Junto a Salcedo se entregaron otros jefes guerrilleros: Dumar Aljure, Eduardo Fonseca, Carlos Perdomo y Jorge González. Algo parecido sucedió en escenarios distintos a los Llanos: en el Tolima, en Santander y en Antioquia.

En este escenario el Jefe Supremo, como llamaban al General Presidente, se apartó de los gobiernos conservadores de Mariano Ospina Pérez, Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez (1946- 1953), que llamaban a los llaneros alzados en armas “bandoleros” (“delincuentes comunes que actuaban movidos por odios y pasiones para satisfacer sus deseos personales”), porque los denominó “guerrilleros”, es decir, delincuentes políticos.

El por qué de la lucha

Hay una extensa literatura acerca del porqué de la lucha guerrillera. Estudiosos de ella, como el profesor Gerardo Molina, aseguran que fue “un caso de legítima defensa”. Para uno de los jefes sublevados, Eduardo Franco Isaza, se trataba de seguir la huella de los “grandes caudillos populares”, como Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán o, como escribe en su obra Las guerrillas del llano: para “hacer una revolución” a nombre del Partido Liberal porque “los godos” estaban empeñados en “barrer de Colombia con todo un principio de organización y progreso de las masas”.

Con guerrillas o sin ellas, esta dolorosa etapa de la historia nacional pasó a ser llamada la Violencia, como si no hubieran seguido otras, y se sitúa entre el año de 1946, que es cuando triunfa el Partido Conservador contra el liberalismo dividido, y 1958, cuando ya el Frente Nacional había remplazado la gestión castrense (no faltan historiadores que la hacen concluir en 1953, año en que Rojas Pinilla llegó al poder). Durante esta página de “historia horripilante”, como escribe el colombianólogo estadounidense David Bushnell, murieron entre 100 y 200 mil personas. Colombia había conocido gobiernos reformistas como el de Alfonso López Pumarejo, al que se opusieron importantes sectores políticos, sobre todo el dirigido por el jefe conservador Laureano Gómez.

Con la llegada a la Presidencia de Mariano Ospina Pérez y su gobierno de Unión Nacional, creyó haberse encontrado un entendimiento entre los partidos tradicionales, pero no fue así porque dicha Unión pronto terminó y el caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán se quejó de la persecución oficial, poco antes de ser ultimado en el centro de Bogotá, lo que provocó, a su vez, una violenta revuelta. La represión oficial se hizo de forma demasiado severa debido a que el gobierno empleó la fuerza no sólo recobrar el orden público, sino también para acabar con las bases sociales que tenía el liberalismo. Entre los liberales, quienes no perecieron en la represión, huyeron a la vecina Venezuela o se organizaron en forma de guerrillas. Otro tanto hicieron los comunistas, también perseguidos a muerte.

Significado de la subversión

Para los conservadores, al menos los laureanistas, el significado de esa violencia estaba en el deterioro moral y el ingreso al país de ideas disociadoras, como el marxismo. Para los liberales y la izquierda, las esperanzas de cambio social habían tenido la misma suerte que el Caudillo inmolado. Para quienes tomaron las armas en los campos, alentados inicialmente por la Dirección Liberal, la razón de ser de su lucha estaba en la rabia y frustración de lo acontecido, una vez que Ospina y luego Gómez, retomaron con fiereza la conducción nacional, después de sometidos los últimos residuos de la revuelta “nueveabrileña”.

De su parte, la Dirección Liberal adujo que el gobierno de Ospina se había vuelto ilegítimo, porque el mandatario clausuró el Congreso Nacional de mayoría contraria, en 1949. La razón de la clausura, según el vocabulario oficial, estaba en que el legislativo le había declarado la guerra civil al Presidente por su intento de anticipar las elecciones presidenciales y por los hechos violentos que tuvieron como escenario al mismo recinto congresional. De todas maneras, las elecciones presidenciales se efectuaron en junio de ese año, sin que el partido conservador tuviera contrincante, por el retiro de la candidatura de Darío Echandía, amenazado de muerte. El “ganador” sin rival fue el radical Laureano Gómez.

La corta gestión de quien fue el mayor adalid de la derecha (se incapacitó para seguir gobernando por razones de salud y luego fue derrocado) significó una violencia todavía mayor puesto que él interpretaba la problemática nacional como un complot que, según su dialéctica, era en parte liberal y en parte comunista, desdeñando el componente social. En efecto, Gómez encarnaba la reacción autoritaria y clerical, ésa que pretendió darle al conservatismo un poder hegemónico, que se ensañó contra los liberales, pero también contra los protestantes y los masones; la tolerancia religiosa y la libertad de conciencia, si se enunciaban, eran condenadas.

El Designado a la Presidencia, quien se hizo cargo de la primera magistratura, Roberto Urdaneta Arbeláez, continuó con los métodos del titular. Más aún, el presidente Gómez, lejos de buscar el entendimiento, trató de legitimar su presencia en el poder mediante una Constitución que sería elaborada de acuerdo con el modelo español del dictador Francisco Franco. Su derrocamiento lo impidió, pero en cambio acostumbró a la nación a vivir en permanente estado de sitio, equivalente a lo que en otros países, como España, se denomina estado de guerra, consistente en la restricción de las libertades civiles. La historia enseña que esta regulación que debería ser excepcional, empleada en forma sistemática, engendra rebeldías como las de tipo armado.

Como la libertad y los derechos de las personas resultan inexorablemente recortados, los gobiernos que la practican quedan, como afirman algunos tratadistas, en condiciones de “dictadura legal”. Otros juristas están convencidos de que estado de sitio crónico y régimen democrático, son incompatibles. Por eso, gobiernos como el de Gómez o Urdaneta fueron calificados de dictaduras civiles.

De otro lado, la verdad es la de que a las fuerzas armadas les ayudaron, en su tarea de represión, grupos que hoy llamaríamos paramilitares, del tipo de los “pájaros” del Valle del Cauca. La policía, ahora de filiación conservadora, masacró campesinos liberales; por ejemplo, en el departamento de Boyacá; esos agentes asesinos fueron los tristemente famosos “chulavitas”, así llamados porque buena parte de ellos había nacido en la vereda de Chulavita, municipio de Boavita.

Los alzados en armas

De los jefes alzados en armas en esos años 40 y 50, los más mentados eran, aparte de Guadalupe Salcedo, Eduardo Franco Isaza, Eliseo Velásquez, Tulio Bautista y sus cuatro hermanos, Carlos Rodríguez “el pote”, Bernardo Giraldo “el tuerto”, Rafael Sandoval “failache”, Eduardo Nossa, y muy destacadamente, Dumar Aljure “el valiente”. En vísperas del advenimiento del régimen militar que negoció con ellos, el número de guerrilleros se calculaba en unos 3 mil, auxiliados por otras 2 mil personas. Si se les preguntaba por qué estaban en combate, respondían: “para entregar el poder al pueblo gaitanista”.

Los sublevados tuvieron alzas y bajas en su acción contra las fuerzas gubernamentales, las que acusaron al gobierno venezolano de ayudar a los rebeldes. De otro lado, si en un momento dado se produjo la ruptura entre la Dirección Nacional Liberal y los guerrilleros del Llano, éstos en cambio se comportaron como gobierno alterno al de Bogotá, con una Constitución que organizaba su propia administración de justicia y creaba leyes para el campesinado. En vísperas del “golpe de opinión” del general Rojas Pinilla, el movimiento subversivo expidió una ley relativa a los derechos de las gentes en general y de las mujeres en particular, y demandó que nadie quedara excluido de la toma de decisiones políticas, todo lo cual bautizó como “La revolución de los Llanos Orientales de Colombia”. Esa “revolución” pretendía sustituir el “Estado dictatorial y violento” por un Estado “democrático y popular”.

Una vez llevada a cabo la llamada pacificación de Rojas Pinilla, los guerrilleros de los Llanos fueron amnistiados, al igual que quienes se alzaron en Antioquia y el Tolima. (También había habido resistencia armada en Boyacá, el antiguo Caldas, Cundinamarca, los Santanderes y el Valle del Cauca). De todas maneras, la Violencia significó, para quienes profundizaron en el problema, el desajuste de las instituciones fundamentales, la trasformación de las reglas en cuanto a la tenencia de la tierra y una emigración de los campos hacia las ciudades que el Estado todavía hoy no ha podido enfrentar con eficiencia.

Si la población urbana en 1938, cuando finalizó la administración de Alfonso López Pumarejo, era del 31%, en 1964, ocho años después de instaurado el sistema del Frente Nacional, era del 52%. Bueno es recordar aquí que una vez escuchadas las promesas del Jefe Supremo en el sentido de brindar “Paz, Justicia y Libertad”, fueron los guerrilleros liberales quienes le pidieron perdón por los crímenes que pudieran haber cometido desde el Bogotazo; además le solicitaron incorporar a la economía nacional esas regiones donde habían combatido y conceder a los que huyeron de la persecución oficial, la seguridad de que no serían objeto de represalias.

En el fondo se trataba de brindar los mismos derechos a todos los colombianos. El gobierno militar pactó con quienes anunciaron que se acogían a la vida civil y conminó a aquéllos que persistían en la rebelión para que depusieran las armas. Pero la desmovilización no resultó fácil, a pesar de que la propaganda oficial la presentó de modo triunfalista.

A la hora de la verdad

Embriagados por la que consideraban una gran victoria del Régimen de las Fuerzas Armadas, sus propagandistas no contaron todo lo qué pasó con los desmovilizados. Estos, campesinos que regresaron a las tierras que ocuparon antaño, confiados en las promesas de Bogotá, las encontraban en manos de conservadores que, lejos de restituírselas, los expulsaban de nuevo en medio de amenazas. O sea que los reinsertados liberales no hallaron la prometida paz.

Que no fue tan completa la pacificación del régimen militar pudo comprobarse, asimismo, porque en su transcurso y según las mismas declaraciones oficiales, estaban en pie de guerra los municipios de Cabrera; Carmen de Apicalá; Cunday; Icononzo; el mismísimo Melgar, sede de una importante base militar; Pandi; y Venecia. Con el argumento de acabar con el comunismo, los altos mandos enviaron a algunas de esas localidades al Batallón Colombia, curtido en Corea, y emplearon hasta bombas de napalm. Se inició entonces otro de los terribles desplazamientos que han caracterizado al viejo conflicto armado de Colombia.

El pacificador Rojas Pinilla, en 1955, destinó 252 millones de pesos a las fuerzas armadas y apenas 41 millones a la salud y 62.5 a la educación, pero en honor a la verdad, preciso es recordar que no gastó más en seguridad que lo que hicieron los ex presidentes Ospina Pérez, Gómez y Urdaneta. Dos años después de que los civiles recuperaron el poder, todavía quedaban en Colombia 43 cuadrillas de bandoleros en plena actividad con casi 500 integrantes.

Duros momentos

Aparte del 9 de abril de 1948 con todo su significado, estuvo el llamado “autogolpe de Ospina” de 1949 (cierre del Congreso) y la consiguiente abstención liberal. Parecía que la nación se encaminaba a la guerra civil, a lo cual contribuyó poderosamente la politización de la policía, que fue primero obra de la segunda administración de Alfonso López Pumarejo y que luego el conservatismo tomó muy en serio, sobre todo por parte del sector laureanista.

Otra fecha importante en este acontecer que llegó a los máximos horrores de crueldad y sevicia, fue el intento hecho a finales de 1951 para que se entendieran los partidos políticos, iniciativa de los liberales y que contó con las alas alzatista (del dirigente Gilberto Alzate Avendaño) y ospinista de la colectividad contraria, pero saboteada por quienes seguían al presidente Laureano Gómez.

A mediados de 1952 la pugna interpartidista arreció debido a los motines que tuvieron lugar en Bogotá, después del entierro de unos policías cruelmente asesinados y que se concretó en el incendio de los diarios El Tiempo y El Espectador, así como de las residencias de los dirigentes liberales Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, los cuales tuvieron que exiliarse.

Realidades

Esta primera violencia de los años 40 a los 50, predecesora de las que vendrían luego, ha sido muy estudiada por politólogos, “violentólogos”, antropólogos e historiadores nacionales y extranjeros.

Se han examinado las conductas de los actores armados; el proceso de acumulación capitalista, que en este caso tiene que ver con la apropiación de tierras del “enemigo”, argumentando razones políticas y hasta morales, lo que algunos autores de manera tal vez elemental llaman conflicto de clases; la concentración de la propiedad de las tierras; las luchas por ocuparlas de campesinos necesitados de cultivar para poder sobrevivir; los desplazamientos masivos de población; el bandolerismo social y político debido a que, a veces, tras la etiqueta política no había sino el afán de enriquecerse a costa de otros; las denominadas autodefensas campesinas, predecesoras de las futuras guerrillas; el clericalismo, es decir, la intervención de obispos y sacerdotes en política, tomando partido por uno de los sectores que se enfrentaban enconadamente.

Si las guerrillas liberales por un lado suelen ser estudiadas dentro del marco general de la violencia, justo es distinguirlas de otras guerrillas de aquel tiempo, del puro bandolerismo y, desde luego, de la represión oficial. Pero todo el conjunto de la violencia, además de lo manifestado arriba, también ha sido objeto de estudios de cariz genético (se ha llegado a afirmar que “los colombianos somos violentos por naturaleza” o que “tenemos herencias de españoles e indígenas violentos”); para los laureanistas, más tarde los alvaristas, el comunismo estuvo detrás del tremendo desajuste nacional; para los ideólogos marxistas y otros afines, las injusticias creadas por la aplicación del modelo capitalista llevaron al pueblo a adoptar posturas pre-revolucionarias que hubieran desembocado en un cambio profundo y radical, pero que quedaron truncas por la desaparición de verdaderos líderes como Gaitán y la inexistencia de conductores de semejante envergadura y así el país presenció formas de subversión limitadas o hechos de puro bandidaje.

Camilo Torres, que es conocido como “el cura guerrillero”, en sus tesis sociológicas sostuvo que Colombia vivía dentro de un molde social tradicional y que esa violencia trató de romperlo. Sin éxito, añadieron algunos. Otros expertos en el tema hallan alguna relación de esa Violencia con las guerras civiles del siglo XIX o con los conflictos agrarios que tuvieron lugar de 1925 a 1935, pero también ven diferencias, sobre todo por las formas de organizarse de los contendientes.

Germán Guzmán, uno de los autores de La violencia en Colombia, un clásico del tema, nos dijo una vez que todos los colombianos eran responsables de “la tragedia”: por acción u omisión; por haber participado directamente en ella o por insensibilidad social o apatía. Orlando Fals Borda, otro de los autores del mismo libro, insiste en la responsabilidad de la clase dirigente política, la cual incitó al pueblo a matarse entre sí mientras ella permanecía tranquila en las ciudades.

Para un famoso general de los años 60 que quiso ser Presidente de la República, Alberto Ruiz Novoa, los responsables del desangre nacional fueron “los políticos”, básicamente los congresistas; no las fuerzas armadas.

Inclusive el vocabulario relativo a esa etapa de la historia nacional es objeto de análisis, distinguiendo algunos especialistas las guerrillas propiamente dichas, de la violencia en general. Si las guerrillas liberales pueden considerarse como parte de una especie de guerra civil, pero no una guerra civil en sentido pleno, anotan ciertos historiadores, la violencia en general no fue una guerra, aseguran, en parte porque afectó apenas a algunas regiones del país y no se dio una coordinación entre ellas.

Descendiendo a consideraciones más precisas, el trágico fenómeno de los 40 y 50 tuvo que ver con estas importantes realidades, ya abordadas en este trabajo, pero que es bueno resumir:

- el fin de la hegemonía conservadora en 1930, hegemonía que tuvo dos referentes principales: dictadura ideológica y represión de los opositores.

-la reacción a la modernización liberal de los años 30, más fuerte desde el triunfo conservador de 1946, teniendo en cuenta que el candidato M. Ospina Pérez fue visto como una esperanza de moderación al comienzo, pero que la abandonó después, retornando al sistema de imposición política característico de la Colombia de finales del siglo XIX y las tres primeras décadas del XX.

- el recurso al régimen militar, de buena parte de las élites partidistas, en 1953, asustadas por la violencia implantada y que no comprendían del todo las tensiones sociales acumuladas en la nación durante el último cuarto de siglo.

- la tregua y desmovilización de algunos de los insurgentes durante ese régimen, pero que dejó las secuelas del bandolerismo y, sobre todo, la semilla para futuras guerrillas.

Los recuerdos se han ido borrando con el tiempo. Sin embargo, en Maní permanece intacta la memoria de Guadalupe Salcedo, que en los Llanos  lideró la guerrilla liberal que luchaba contra el gobierno de Laureano Gómez. Los maniceños se enorgullecen de ser guadalupanos; pero, nada los emociona más que hablar de su comandante. Sólo con oír su nombre saben de la importancia del legado  del revolucionario. Maní, hoy cuenta con un barrio y un monumento en su memoria que para algunos compañeros de Guadalupe no gusta; porque dicen: que Guadalupe Salcedo no era fachoso.

Ana Josefa Salcedo, prima hermana de Guadalupe,  advierte que su memoria ya no es la misma, pero aún así afirma que “él era más bien alto”. “Yo hasta lo asistí en la comida, y era bueno conmigo”, dice. Cuenta que varias veces tuvo que “correr pa’l monte” cuando bombardeaban las casas,. “Estuve en la entrega de armas en Monterrey, pero luego mataron a Guadalupe a traición”. Y agrega con cierto aire de picardía.

En las afueras del pueblo se encuentra la  casa de un hombre conocido como el ‘Teniente Cariño’, toda una leyenda en la región. Con la piel oscurecida por el sol, ataviado sólo con una pantaloneta sujetada por una correa en la que carga su cuchillo, el cuerpo de Alfonso Guerrero no refleja los 86 años que tiene.  Cuenta que “Guadalupe era muy bueno con el personal y muy valiente. Para echar plomo era parao. Nosotros empezamos con carabinitas, luego rifles y lo que le podíamos quitar al Ejército. Una vez, al otro lado del Meta, nos encontramos con cinco volquetas cargadas con militares. Nosotros solo éramos 50 y no teníamos tantas armas. No sé cómo hicimos, pero ya al final sólo quedaba un carro, y un compañero le disparó al teniente. Cogimos a seis prisioneros que nos ayudaron a cargar todo ese armamento”.

Narra que uno de sus mayores orgullos es haber peleado limpiamente y el de “ser muy humano”, de ahí su cariñoso apodo: “Yo disparaba en combate y no sé si le daba a alguien, pero gracias a Dios ni a uno maté, por eso estoy contando este cuento tranquilo”. Aunque para algunos de los que lo conocen, Guerrero era un gran combatiente, y creen que esa versión la cuenta ahora que está dedicado a la religión, pues es evangélico. Cuando se le pregunta por la guerrilla actual  dice: “Lo de ahora es diferente. Nosotros queríamos defender a nuestras familias, porque Casanare, por ser liberal, era muy  atacado. Algunos de los enemigos entraban a las casas y cogían a los bebés, los lanzaban al aire y los paraban con las bayonetas. Teníamos que hacer algo, pero nunca secuestramos”. Cuatro de los hermanos de Guerrero fueron asesinados “en venganza contra mí por pelear junto a Guadalupe”.

Aunque el tiempo se ha encargado de que cada vez sea más difícil escuchar estos relatos la memoria de Guadalupe Salcedo permanece viva en cada corrido llanero que canta estas gestas: “Este corrido es de fama, se llama golpe tirano y al que lo quiera apreciar se lo obsequio con la mano. Que un día 14 de junio, ya para mitad del año, atronando el firmamento volaban cinco aeroplanos. Amenazas del terror, represalias de Laureano… han lanzado 12 bombas, no hicieron mayor estrago. Mataron 15 gallinas, tres perros y dos marranos, hirieron la mula en silla propiedad de don Sagrario, hija de la primera yegua con que fundaron el Llano. Las bombas y las metrallas no son enemigos malos. Son cohetes de una fiesta que vivimos celebrando. Cada que cae una bomba damos un muera al tirano, porque nunca sintió miedo el que no debe pecado. Él nos trata de bandoleros, el peor de los agravios, y así trataba Pilatos al Cristo crucificado”.

Guadalupe Salcedo Unda nació en Tame (Arauca) en 1924. Sus padres fueron el venezolano Antonio Salcedo y la orocueseña Tomasa Unda. El  historiador Gonzalo Sánchez, lo ve como, “el símbolo general  de la resistencia a la Violencia de los años 50”. Empuñó las armas en 1949 y organizó la guerrilla liberal del Llano, que surgió como reacción contra  los atropellos de los conservadores contra la población civil.

 Salcedo se convirtió en comandante hasta 1953, año en que firmó la paz, “en el acta de entrega, Salcedo exigía  además de la amnistía, que el gobierno le diera escuelas, hospitales y becas en estudios relacionados con el agro a los llaneros, para que pudieran quedarse y trabajar por la región”, recuerda  el historiador Carlos Eduardo Jaramillo.

Guadalupe es el símbolo del guerrillero traicionado tras una negociación, afirma Sánchez. El Estado no cumplió sus compromisos y prefirió eliminarlo.  El 6 de junio de 1957, lo asesinaron en Bogotá en la zona industrial. Agentes de la Policía lo cercaron y le prometieron que le respetaría la vida si se rendía. Al salir con los brazos en alto, varios disparos acabaron con su vida.

HISTORIA VIVA

En la marcha tesonera de los pueblos abundan los momentos históricos, los cuales cuentan con la participación heroica de sus mejores hijos, que con su coraje salieron airosos de la celada impulsada por la oligarquías del momento.

http://www.youtube.com/watch?feature=endscreen&v=o3fb2_e_j7k&NR=1

 

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